Análisis de Tetris Effect

Cuántas veces hemos querido seguir jugando a un juego pero había llegado la hora de cenar, de acostarse o de hacer una tarea inoportuna. Hemos llegado a inhibirnos en mundos llenos de monstruos, en partidos de baloncesto o compitiendo contra inteligencias artificiales por ver quién llegaba primero. Va llegando, si no estamos en ella ya, una época en la que todos hemos jugado a algún videojuego —móviles también cuentan, por si todavía hace falta la aclaración—, e indudablemente hay uno que todos reconocemos, uno incluso por encima de Super Mario, un embajador del que la industria se enorgullece y que hasta nuestros abuelos saben de qué estamos hablando cuando de Tetris se trata. Por eso, que en tiempos modernos se vuelva a lanzar, sin quitarle mérito al taller de chapa y psicodelia Tetsuya Mizuguchi, es un gran acontecimiento. La verdadera celebración de los videojuegos.

Las mecánicas del juego principal ya las conocemos todos. Un puzle matemático de estrategia que se va generando con cada pieza nueva que aparece y que cada vez te da menos tiempo para pensar dónde colocarla. Una fórmula que, si sigue sorprendiendo y teniendo éxito ahora es por su perfección matemática, como ya he señalado. Hasta la aleatoriedad está calculada, haciendo que la figura recta de cuatro espacios aparezca cada x piezas. Cabe destacar la posibilidad de guardarnos una figura para más adelante, lo que responsabiliza aún más de lo que ocurra en “la pecera”, o terreno de juego, como lo llame cada uno.

En una obra tan perfecta como es Tetris, es difícil añadir componentes sin desequilibrar la estructura o mutarla a otra cosa diferente. Por eso, hay que señalar el mérito especial a los desarrolladores de The New Tetris, quienes añadieron la posibilidad de guardarnos una pieza y que se ha mantenido en posteriores versiones. Supongo que las aportaciones de Mizuguchi no se mantendrán en próximas entregas a no ser que sea con una secuela directa de Tetris Effect, pero no por ello es menos importante. El diseñador de Lumines o Rez ya había creado una identidad propia en sus juegos donde la música y las luces construían una sinestesia pocas veces vista en la industria. Y con Tetris se ha superado, utilizando las mecánicas más simples de él de manera que aporten a todo el trance sensitivo. Los tonos producidos cada vez que movemos o rotamos una pieza y las luces que se emiten cuando hacemos una línea aportan detalles a la pieza, como un paisaje con sus distintos detalles en cada plano.

La sencillez del título a primera vista permite jugar a cualquiera, y lo primero que hacemos es intentar cumplir el objetivo de hacer cuantas más líneas podamos hasta descubrir donde está nuestro límite. Tetris Effect hace valida esta forma de jugar —al menos de dificultad fácil y normal— en obvias la puntuación en el Modo Viaje, en el que la segunda palabra tiene todo el sentido del mundo. Aparte de la ambientación de los “mapas”, por denominarlos de alguna manera, que nos lleva desde las profundidades de los mares hasta la superficie de la luna, es la combinación de el ritmo de la música —de gran calidad por sí sola—, acelerando o ralentizando el ritmo, los pulsos de vibración en el mando y las velocidades a la que caen las piezas, que no es progresiva si no que se amolda al ritmo de la música, lo que nos llevan a momentos de tormenta con la consecuente calma posterior. Cada pantalla, las hay mejores que otras, logra con éxito una inmersión que nos hacen sentir emocionarnos si esa es su intención o sentirnos poseídos por el poder de la llama, que también se lo propone.

En ellas debemos hacer un número de líneas para pasar a la siguiente, así en una sucesión de cuatro o cinco mapas, cada uno con una temática exclusiva. Aquí no se nos castigará por fallar, como mucho teniendo que volver a empezar, que en el caso de muchas pantallas es hasta una bendición. Así el Modo Viaje viene a ser una suerte campaña en la que viajar, valga la redundancia, por distintas experiencias. Es en esta modalidad donde se incluye la otra principal característica incluida en este Tetris Effect, “La Zona”, en la que, después de rellenar un medidor, paramos el tiempo —música y colores incluidos, emitiendo unos ecos cuando hacemos cualquier movimiento y tornándose toda la pantalla en blanco y negro—, y las líneas que hagamos no se desvanecen, si no que se acumulan permitiéndonos hacer así Dodecatetris o Perfectris. Si bien parece una ayuda, es fácil cometer algún error ya que intentaremos sumar más puntuación yendo más rápido.

Pero Mizuguchi no se ha olvidado de los más puristas de Tetris, los que se pican por ver quien hace la mejor puntuación. Además de que se nos evalúa en cada pantalla y nos dan una nota dependiendo de los puntos conseguidos, la dificultad más alta del Modo Viaje está hecha para los más expertos, en el que el número de líneas que debemos lograr para pasarnos la pantalla aumenta así como la velocidad. Y, por supuesto, podremos medirnos contra nuestros amigos o todo el mundo en el Modo Effect, lo que viene a ser el multijugador.

En este podremos jugar a los muchos modos que han experimentado con Tetris a lo largo de estos años agrupados en distintos modos, dependiendo el estado de ánimo en el que nos encontremos. Los modos de relajación nos permiten hacer líneas en un conjunto de mapas con una temática en común, como los acuáticos o desérticos. Si nos sentimos aventureros, Tetris Effect ofrece otros experimentos, como el de eliminar unos bloques preestablecidos o que ocurran eventos aleatorios mientras jugamos normalmente. Y por supuesto, hay un conjunto llamado Clásico, donde podremos jugar a la maratón de toda la vida o al sumamente difícil modo maestro.

La sorpresa de volver a jugar al mejor juego de puzles rodeado por todo el ambiente que Mizuguchi ha creado es una experiencia mágica y absorbente que conmueve mediante lo más puro de la música y las imágenes y no mediante historias épicas o dramáticas. Sin duda, Tetris Effect se coloca entre lo más destacado de este año, re imaginando el clásicos entre los clásicos.

10.0

Lo bueno

  • Tetris Effect es una experiencia mágica y absorbente que conmueve mediante lo más puro de la música y las imágenes.

Lo malo

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